El primer viaje a otro país llegó. ¿El destino? Nuestra vecina, Noruega. Esta vez el viaje era organizado y a parte de los españoles había gente de México, Holanda, Turquía, Hungría, Canadá y otros muchos sitios. Pero como siempre, no podía faltar el equipo español. Esta vez los representantes fuimos: Sandra y Cris (ALC), Estefanía (SAL – de Salamanca-), Achu (MAD) y Jose y yo (VLC).
Tras toda una noche de viaje en bus – la verdad es que no estuvo mal porque conseguimos sitios estratégicos y pudimos dormir bastante-, llegamos a las 7 de la mañana a Lillehammer, una ciudad en el centro de Noruega. Así que nada más amanecer, y muertos de frío, bajamos del autobús para adentrarnos en un museo al aire libre. ¿A quién se le ocurre llevarnos allí a esas horas? Pues sí, yo también me lo estoy preguntando todavía. El sitio recreaba las típicas casas noruegas tradicionales en las que vivía la gente antes. La verdad es que era muy bonito, pero el frío que hacía no te dejaba ni mirar el paisaje.
Lo más llamativo de Lillehammer son las pistas de saltos de esquí. Y es que en 1994 fue sede de los Juegos Olímpicos de Invierno. Además desde las pistas de saltos pudimos ver una vista increíble de la ciudad y uno de los tantos lagos que hay en Noruega.
Tras otras 3 horas de autobús – sí, sí…hemos estado más rato en el autobús que fuera- y tras alguna que otra parada en las típicas iglesias de madera noruegas, llegamos a nuestro destino final, un albergue en medio del monte, rodeado de praderas verdes y al lado del río Sjoa. Tras decirnos que nos mezcláramos -consejo al que nadie hizo caso- se repartieron las habitaciones y a España le tocó la habitación de África. Es decir, que los 6 estábamos en una habitación con decoración africana. La verdad es que el albergue estaba muy bien y la habitación también, con 2 literas y una buhardilla con dos camas, ocupadas por Sandra y por mí. Esa tarde dormimos la siesta, vagueamos y jugamos a las cartas. Después de cenar 2 tristes perritos calientes nos fuimos a la habitación a jugar a la pocha, el vicio más grande durante este viaje.
Al día siguiente nos levantamos pronto. Este era el día en que la gente contrataba actividades, y casi todo el grupo se fue a hacer rafting (excepto los que nos negamos a pagar 75 euros por 3 horas de rafting). Así que 5 de los españoles nos adentramos en una montaña cercana al albergue y tras pasarnos unas 4 horas caminando por allí, nos fuimos a pastar -y de paso a comer- a una pradera cual oveja noruega. Y como es normal, nos hicimos muchas fotos en el césped, cada cual más absurda.
Después de la sesión fotográfica en la pradera volvimos al albergue y nos metimos en la sauna. Tras decirles a todos que eran unos exagerados por el calor, me di cuenta de que no estábamos a 40º -”chicos, no exageréis, pero si este es el calor que hace en Valencia”-, si no a 90º, quizá tenían razón cuando decían que no podían respirar. Tras casi morir ahogados allí dentro, nos trasladamos un rato al hot tube, una especie de charca caliente, parecido a un jacuzzi pero sin burbujas. Esa noche cenamos una barbacoa buenísima al lado de una hoguera -lo único bueno en lo que a comida se refiere en todo el viaje- con pollo, cordero, champiñones, patatas y cebolla y después hicimos una mini-fiesta – por llamarlo de alguna manera- en una clase de colegio que había en el albergue.
Y a la mañana siguiente el despertador sonó a las 6.30, desayunamos y nos subimos -para variar- al bus. Al poco de subir paramos en un río, en el que – lo siento, pero tengo que contarlo- Jose metió toda la pata hasta la rodilla, mojándose para el resto del día -las botas nuevas con Goretex no consiguieron evitarlo- y casi jugándose la vida, porque con la corriente que había creíamos que acababa en l’Albufera de Valencia.
Tras pasarnos unas 4 horas en el autobús, llegamos al fiordo (Estefi -ordo, jaja) de Stryn, que fuimos bordeando sin bajarnos. A lo largo del recorrido hicimos varias paradas para ver el paisaje y hacer fotos. Y la verdad es que fue una pasada, hacía años -desde mis tiempos mozos de la caravana- que no veía ese tipo de paisajes: todo verde, lleno de lagos -uno de ellos increíble- y de casitas de montaña. Y lo mejor llegó cuando empezamos a subir y las montañas se llenaron de niebla.
Por fin, y después de horas y horas de autobús y de recorrernos gran parte del fiordo, paramos de manera definitiva. Habíamos llegado al glaciar Briskdal, al parecer bastante visitado por españoles porque nada más llegar nos encontramos con un grupo, y además todos los carteles estaban en nuestro idioma. Al bajar del autobús comenzamos un recorrido a pata – de una hora y media- entre árboles y cascadas. Y al final del camino, apareció un glaciar en forma de lengua que creaba un lago de aguas cristalinas. Más bonito no podía ser.
Después de hacernos un book de fotos, decidimos caminar hasta el glaciar. Y cómo no, había que liarla. En el bus nos habían dicho que no chilláramos mucho porque podía producirse algún desprendimiento, pero claro ¿para qué hacer caso? Cuando llegamos al principio del glaciar y casi metidos dentro de él, decidí poner la cámara en automático, pero claro tenía que prepararla. Sin querer comenzamos a chillar: “Jose, baja que no cabes en la foto”, “pero agáchate”, “no te metas dentro que te vas a caer”…total, que al final la foto se hizo -abajo podéis verla-, y al instante oímos un CRACK! sobre nosotros. ¿Quién iba a provocar una avalancha si no éramos los españoles? En un momento estábamos todos temiendo por nuestra vida y corriendo cual cabras montesas para alejarnos de los pedruscos de hielo que caían. Al final todo quedó en nada, y la verdad es que me divertí mucho con este atentado contra nuestra vida, aunque otras no tanto ¿no Estefi?-jajaja- Y con el susto en el cuerpo volvimos al autobús, y de allí al albergue.
Esa noche fuimos a un pub cercano al albergue y como pusieron música en español, en seguida nos animamos y animamos al resto del grupo también.
A la mañana siguiente nos despertamos para desayunar, pero tal y como acabamos, nos volvimos a la cama y amanecimos a las 13.30 Era un día de relax y la verdad es que no hicimos nada especial: jugar a las cartas, hablar, ni siquiera pasear porque el día no acompañaba mucho. Por la noche volvimos al pub del día anterior, pero la noche no se terció como tocaba y acabamos yéndonos antes a dormir. Y otra vez, sonó despertador a las 7, pero con la diferencia de que este era nuestro último día en Noruega. Tras otras 50000 horas de autobús -sin exagerar- , llegamos a Oslo, donde solo podíamos pasar 3 horas. Y en Oslo vi a mi “casi periodista” Andreu – de Erasmus allí-. Tengo que hacer alusión al momento reencuentro en el que toda una calle de Oslo se quedó mirando cómo me lanzaba a sus brazos. Bueno, pues Andreu nos hizo un mini-tour guiado por la que es ahora su ciudad -gracias Andrew!- y pudimos ver lo típico como el Parlamento o el Palacio Real. También nos llevó a un parque gigante con esculturas, que merecía la pena ver. Andreu, ya sabes que me encantó verte, y que volveré, por supuesto. Además, como ya te dije, te espero en Jönköping.
Y así emprendimos el duro camino de regreso a Jönköping, otras 6 horas de autobús más. Básicamente este es el resumen del viaje. Ya sé que me dejo muchas cosas -las comidas, la organización (o la falta de ella), las prisas del conductor del autobús- pero bueno, eso no vale la pena ni nombrarlo ¿no? Así que, aquí acaba nuestro second trip -el primero a tierras extranjeras-, pero la semana que viene comienza mi third trip. Mis padres y mi hermana vuelan a Estocolmo. Qué ganas de que vengan…y además… ¡ya era hora de que yo conociera la capital!
























































